viernes, 19 de octubre de 2012

Un cuento del Conde Moros






LA REINA

Hace varios años hubo una larga sequía. Mi esposa y yo habitamos una casa al pie de las montañas, para esa fecha cubiertas con un verde pálido y seco por la falta de humedad.
         Ese día, que ahora viene a mi memoria, iba yo a la ducha. Entonces oí un zumbido; me quedé inmóvil, sabía que en algún lugar del baño estaba una avispa. Giré despacio la cabeza y la vi, a mi izquierda, era enorme, tal vez unos cuatro centímetros de largo, de color amarillo, manchado de negro como un tigre, revoloteando en el lado interior de la ventana abierta y su enorme aguijón atraía mí vista como el colmillo de una serpiente venenosa. No sé porqué miré a la derecha y vi una brillante gota de agua, cristalina como una joya, temblando en la punta de la llave del lavamanos. Retrocedí despacio, me quedé en la puerta y grité para que mi esposa oyera.
—Tráeme el insecticida, hay una “mata caballos” en la casa.
Yo sabía que las avispas tienen muy buena visión diurna y con seguridad me estaba observando. Entonces voló despacio hacia el lavamanos, dio varias vueltas y de repente, como un acróbata, giró y se posó cabeza abajo en la punta de la llave de agua. La gota había desaparecido, entonces el pequeño animal metió la mitad de su cuerpo en el tubo, para alcanzar la humedad en su interior y allí quedó casi inmóvil, moviendo con lentitud su abultado abdomen amarillo y negro.
Sentí a mi esposa colocando el pote de insecticida en mi mano, puesto que no sabía dónde estaba el peligroso insecto.
No sé de dónde me surgieron las siguientes palabras, las dije sin pensar, en voz baja, como si estuviera en una iglesia.
—Es una reina, necesita agua para construir un nido para los hijos que espera.
Entonces ella retiró el insecticida de mi mano y nos quedamos mirando la avispa. El pequeño animal estaba arriesgando la vida por el agua para su descendencia.
Esa mañana habíamos recibido una llamada telefónica de larga distancia, que nos alegró mucho, pero al mismo tiempo nos hacía pensar en el desconocido futuro. Había sido nuestra hija, quien nos anunciaba, desde un país lejano al otro lado del mundo, que esperaba nuestro primer nieto.
El zumbido se repitió con fuerza, cuando el insecto voló despacio, dando giros cerca del techo, como observándonos, y después partió por la ventana. La seguimos con la mirada, volaba casi a ras del suelo reseco, hasta que se perdió en la distancia, en dirección a los árboles de mango que sobresalían por encima de un muro.
—Volverá —dije a mi esposa—, las avispas construyen con barro. ¿Qué hacemos? ¿Cierro la ventana? ¿Aprieto la llave del lavamanos?
—Cierra la puerta del baño. Te bañas después.
Y así fue, desde el exterior de la casa la vimos entrar y salir muchas veces, al mediodía ya no volvió. Miré al cielo, había bandadas de pájaros revoloteando y deduje que ésa era la razón por la que volaba tan bajo sobre el descampado.
A la mañana siguiente, cuando entré al baño, allí estaba la avispa, revoloteando en la ventana, pero el tubo del lavamanos estaba seco. Entonces caminé con lentitud, apenas lo abrí para que goteara y retrocedí. Ella repitió los giros y de nuevo penetró en la boca de la llave. Esta vez no cerramos la puerta, desde afuera la vimos tomar agua muchas veces, como si estuviéramos asistiendo a una ceremonia sagrada.
Una mañana, cuando los pájaros estaban muy activos, no llegó a la hora de siempre, entonces procedí a cepillarme los dientes. De repente, por el reflejo del espejo, la descubrí parada sobre la cortina de la ducha. Ahora estoy seguro que esperaba su turno, porque aquello se repitió incluso con mi esposa, durante varias semanas. Ambos le teníamos mucho miedo, pero no queríamos matarla, esa idea nos parecía un crimen horrible.
Los años pasaron. Ahora, en su país, nuestro nieto va a la escuela y nos hemos visitado unas cuantas veces. El día de su más reciente cumpleaños, caminaba yo por el ahora frondoso bosque de mangos, un zumbido sonó cerca de mi oreja y me preparé para correr, pero el ruido desapareció. Vi una avispa enorme, girando por encima de mí. La seguí con la mirada mientras subía más y más, hasta llegar a un nido más grande que un balón de fútbol, bien oculto entre las ramas.
—Es imposible —me dije—, no puede ser la misma.
Al regresar a casa se lo conté a mi esposa.
—Tal vez no sea la misma, pero sí una de sus nietas. Por eso no te picó, sólo quería darte las gracias.
Ambos reímos por su ocurrencia, en el fondo convencidos de la certeza de sus palabras.